“Conciencia” y “convicciones”, cuántos crímenes se cometen en el nombre de ustedes. Si uno se pone a considerar que a lo largo de la historia se han defendido y se siguen defendiendo los crímenes más aberrantes votando “conforme a la conciencia” o a las “convicciones políticas”, uno verá que Cobos está acompañado por una larga lista, empezando por lo más cercano, el propio Néstor Kirchner, que machacaba que no dejaba sus convicciones en la puerta de la Casa Rosada,tampoco cuando entró a engendrar el aquelarre suicida que engendró… pero encontrará otros ejemplos tan “convencidos” y “concienzudos” como ése, a derecha e izquierda; de ayer y de hoy, de Bush a Fidel Castro, de Hitler a Stalin… y, desgraciadamente, la lista es mucho más grande, pero todos ellos no por casualidad confían que la historia los juzgue (benévolamente)… y los absuelva, porque ellos hicieron lo que hicieron, conforme a su conciencia y sus convicciones. Como se ve ese argumento del votar “conforme a conciencia”, aplicado así, emocionalmente, no es garantía de mucho, porque habría que determinar, previamente, si esa conciencia es recta o torcida; la buena conciencia, para Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, es la conciencia que obra conforme a la “recta razón para obrar” (recta ratio agibilium, decía en sus latines).
Va de suyo, por otra parte, que nadie es nadie para juzgar la conciencia de nadie: ni la de Cobos, ni la de Kirchner, ni la de Castro, ni la de Hitler… ni la de Lilita Carrió, ni la de Julio de Vido… etcétera, etcétera; así como tampoco nadie puede juzgar la conciencia de cualquiera de nosotros, mujeres y hombres del llano. Lo que, en cambio, sí podemos juzgar y calificar desde un criterio ético político son las acciones, las instituciones y los acontecimientos que hombres y mujeres ponemos en obra, desde el enclave de responsabilidad que cada uno ocupe en la historia. Y eso es lo que aquí, precisamente, estamos poniendo en
cuestión al ponderar “el voto de Cobos” y su relación con la dignidad de la república y la democracia argentinas. Y está claro como el agua clara que no puede existir una cabal república democrática si los que debiéramos conformarla, cultivando día a día las virtudes republicanas y democráticas, no somos ni republicanos ni demócratas de verdad.
A Cobos no se le puede (ni se le podía) exigir que sea ni santo ni héroe en esa hora crucial; pero sí un ciudadano cabal, un republicano y un demócrata, que obrara éticamente. Pero ¿con cuál ética? Yendo a contracorriente de esta algarabía cívica para “canonizar” e idolatrar al actual vicepresidente, estimo que es más aleccionador analizar su decisión del 17 de julio pasado bajo la luz de esa tipificación weberiana que distingue entre “ética de la convicción (ética “idealista”, ética de los santos), y una “ética de la responsabilidad” (ética “pragmática”, ética de los políticos). Hete aquí que el voto Cobos aparece como votando desde una “(santa) ética de la convicción”, que no es lo que le corresponde a un político (pragmático), pero, además, vota contra el gobierno del que forma parte, haciendo otra viveza criolla o argentinada, una especie de “gol de oro” con la “mano de Dios”.
Y ese gol en contra lo hizo el mismo “jugador” que fue expulsado
del “equipo” en que jugaba antes. Y Cobos fue expulsado de la UCR, por la inconducta ética, de “borocotizarse” hacia la pingüinera… y ahora que los vientos están cambiando, busca –con “ética de la responsabilidad” (léase “pragmáticamente”)- un nuevo lugar bajo el (futuro) sol de la (futura) Caja Rosada.
A pesar de la diferencia de circunstancias, Gustavo Béliz o Chacho Álvarez son dos antecedentes de “renunciamientos” o goles en contra análogos a esta decisión de Cobos, que operan con un síndrome que se podría llamar del “puritano en el burdel”, donde se parapetan y enmascaran detrás de una falsa “ética de la convicción” para seguir operando con la ética pragmática, que les conserve “su bienestar y su prosperidad”, como dice Hupert. De lo cual se desprende, como señalaba este profesor de historia, que los (presuntos) próceres y santos de
nuestra política actual, cumplen –darwinianamente- con la genética política que se incubó en la crisis del 2001, -la del “que se vayan todos”-; y nuestros políticos, mutaron y sobrevivieron, convirtiéndose (casi) todos (los más notorios y “exitosos”,al menos), en los tránsfugas y mercenarios que son; ni más, ni menos.
Pero la culpa no es del cínico chancho medrador de nuestra casta política, sino de la hipócrita masa que le damos de comer, y les seguimos alimentando con votos, y con las omisiones de cumplir con nuestros deberes cívicos, de comprometernos cotidianamente en el buen combate por una república y una democracia dignas; y ellas dependen –como dijimos- de que los argentinos seamos ciudadanos, republicanos y demócratas cabales. Nada más; nada menos.
En tal sentido, pongámonos nosotros en perspectiva, y no la juguemos
tampoco de santos ni de héroes, que no lo somos, y no se pide que lo seamos. No es cuestión de buscar nuevos chivos expiatorios ni anhelar “más héroes y más milagros para adecentar el local”, como canta Serrat. ¿De qué tratamos aquí, entonces, cuando hablamos de la dignidad de la república y de la democracia? De lo que se trata es de afrontar el grave desafío –que no es argentino, sino “global” y epocal- para salir del doble laberinto trágico de la “tragedia escolar o educativa” (Guillermo Jaim Etcheverry, dixit) y de la “tragedia republicana o democrática”
(Jacques Maritain dixit).
La tragedia educativa consiste en que somos malos maestros y somos malos alumnos. Y la tragedia republicana o democrática consiste en que somos malos ciudadanos y somos malos políticos. Y de esta doble tragedia, sólo podremos redimirnos, como decía el mismo Maritain, volviendo a religar ética y política, pues –decía- no hay buena política (y buena educación) con mala ética, y no hay buena ética (y buena educación) con mala política. Como nos enseñó don Leopoldo Marechal, escritor peronista, militando inclaudicablemente –él sí- con “ética de la convicción”, de los laberintos sólo se sale por arriba; y el “arriba” no es otro que obrar conforme a una doble revolución, la revolución del diálogo y la revolución de la solidaridad o de la fraternidad. Estas dos revoluciones –que es una y la misma- sólo acontecerán animadas por el empeño de maestros y alumnos en la “pasión por la verdad”; y el “compromiso por el bien común” de ciudadanos y políticos. Ése, y sólo ése, es el norte al que deben apuntar nuestras conciencias y convicciones: la pasión por la verdad.